El día que lo cambió todo.
El día que me atacó, yo ya había empezado la universidad y me había matriculado en un curso. Llevaba mucho tiempo trabajando desde casa y siempre había querido seguir estudiando, pero él siempre me había desanimado. Nunca era el momento adecuado. Decía que ya era suficiente con que él trabajara fuera, que yo tenía que ocuparme de la casa y de los niños, y que teníamos que dedicarnos tiempo y atención mutuamente.
Nuestros dos hijos ya eran mayores y sentía que estaba a punto de dar un salto al vacío. Sin embargo, la idea me ponía ansiosa, porque él se había esforzado mucho por convencerme de que no tenía nada que hacer en la escuela, que no tenía lo necesario y que nunca duraría.
Mi amiga, la única que me quedaba, me animó a seguir adelante. La encontré ese día en una cafetería del centro, y él vino a recogerme. De camino al coche, le dije que me había matriculado en la universidad.
Se volvió completamente loco. Mientras estábamos parados en medio del estacionamiento, me gritó y soltó un fuerte golpe. Un testigo llamó a la policía, quienes vinieron y me llevaron a la sala de emergencias. Allí me derivaron al albergue para mujeres, donde me quedé unas semanas.
El divorcio fue un proceso largo y difícil, pero valió la pena. Pude comprar un pequeño apartamento y terminé mis estudios. Ahora tengo un buen trabajo y nunca me he sentido mejor.
"Así que se podría decir que ese día fue a la vez el peor y el mejor de mi vida, porque no sé si habría tenido el valor de salir adelante y reconstruirme sin la ayuda que recibí."
Aunque la historia es dolorosa, también demuestra la importancia de recibir apoyo cuando las mujeres dan los primeros pasos hacia una vida más segura. Apoyar la labor del Refugio para Mujeres les permite encontrar seguridad, asesoramiento y fortaleza para reconstruir sus vidas.

